El crack rosarino está viviendo sus últimos años como futbolista profesional. Su legado es casi infinito tanto a nivel de clubs como con su combinado nacional. Pese a que su retirada está más o menos cercana, aún tiene un último gran objetivo: el Mundial 2026. En esta cita, las apuestas deportivas son claras acerca de que Argentina es una de las máximas favoritas a la victoria final. Si este hecho se lleva a término, gran parte de culpa recaería sobre las botas de Leo Messi, algo que se uniría a todo lo conseguido defendiendo los colores de la albiceleste.
Hablar de su legado no implica únicamente repasar títulos o estadísticas, sino comprender cómo un futbolista redefinió la identidad competitiva de un país que vive el fútbol como un rasgo cultural profundo. Desde su debut en 2005 hasta la consagración en el Mundial de Qatar 2022, Messi atravesó críticas, frustraciones y redenciones que terminaron por convertirlo en el símbolo más completo de la Albiceleste.
Durante muchos años, el vínculo entre Messi y la selección fue injustamente evaluado bajo la lógica del resultado inmediato. Comparado de forma constante con Diego Maradona, se le exigió cargar con una herencia emocional enorme desde muy joven. Las finales perdidas en la Copa América 2007, el Mundial 2014 y las Copas América de 2015 y 2016 parecían construir un relato de fracaso que no reflejaba su influencia real en el juego. Sin embargo, Messi nunca se alejó del compromiso. Su continuidad, incluso tras anunciar una retirada momentánea en 2016, evidenció una relación con la camiseta argentina basada en la responsabilidad y el sentido de pertenencia.
El punto de inflexión llegó con la Copa América 2021. Aquel título en el Maracaná no solo rompió una sequía histórica, sino que liberó a Messi de una presión acumulada durante más de una década. A partir de ese momento, su liderazgo adquirió una dimensión distinta. Ya no fue únicamente el genio técnico que resolvía partidos, sino el capitán que integró generaciones, acompañó procesos y sostuvo emocionalmente a un grupo que creyó en una idea colectiva. Esa transformación se consolidó definitivamente en el Mundial de Qatar 2022, donde Messi firmó una actuación que ya pertenece a la historia grande del deporte, combinando talento, carácter y una conexión profunda con la gente.
De cara al Mundial 2026, todo indica que será la última gran cita de Messi con la selección argentina antes de su retirada definitiva. Llegará con 39 años, en un contexto completamente diferente al de sus primeras participaciones. Ya no será el joven prodigio que debía ganar para justificar su grandeza, sino el referente absoluto de una era dorada. Su rol probablemente se adapte a las necesidades del equipo, con una gestión más cuidadosa de los tiempos y los esfuerzos, pero su influencia seguirá siendo determinante, tanto dentro como fuera del campo.
La cita mundialista del próximo curso representa una oportunidad singular para cerrar un ciclo irrepetible. Más allá de lo deportivo, será el escenario donde Messi transmita, por última vez en una Copa del Mundo, los valores que marcaron su trayectoria: la constancia, la humildad competitiva y la obsesión por mejorar incluso cuando todo parece logrado. Para las nuevas generaciones de futbolistas argentinos, compartir ese proceso final con él será una experiencia formativa de enorme valor.
El legado de Messi en la selección argentina no se medirá solo por los títulos obtenidos, aunque estos sean fundamentales. Se medirá por haber cambiado la narrativa del éxito, por haber demostrado que la perseverancia puede más que la urgencia y por haber reconciliado a un país con su máximo talento. Cuando llegue el momento de la retirada, tras el Mundial 2026, Argentina no solo despedirá al mejor futbolista de su historia, sino al líder que enseñó a ganar sin perder la esencia.

