Justin Turner tiene 41 años, juega en la Liga Mexicana de Béisbol con los Toros de Tijuana y sigue moviendo multitudes. El pasado 2 de junio de 2026, alrededor de 500 aficionados de los Dodgers cruzaron la frontera por San Ysidro para verlo jugar en la LMB. No vinieron por nostalgia: vinieron porque ‘Barba Roja’ es el tipo de jugador que construye comunidad con o sin uniforme azul.
El grupo detrás de la invasión se llama Pantone 294, nombrado en honor al código Pantone del azul Dodger. Su fundador y CEO, Alexander Soto, fue claro sobre por qué hicieron el viaje en una entrevista al periodista Erick Aguirre: ‘Él fue el primer jugador de los Dodgers que nos soportó, nos ayudó y que siempre miró la visión que estamos haciendo. Ya tenemos 10 años que nos hicimos amigos. Cuando nos enteramos que estaba aquí con los Toros en Tijuana, nos comunicamos y estamos más de 500 personas apoyándolo’.
El legado de Justin Turner va más allá
Los aficionados llegaron con mariachis, comida mexicana y ganas de ver ganar a su ídolo. Los Toros vencieron 4-3 a los Charros esa noche, y Justin Turner se encargó de reconocer el gesto: ‘Fue increíble. Me alegro que podamos obtener una victoria para ellos’. Estuvieron detenidos unos 20 minutos en el cruce de San Ysidro, pero ninguno pensó en darse la vuelta. Eso dice bastante sobre el tipo de vínculo que existe entre el jugador y esta comunidad.
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Nacido en Long Beach, California, Justin Turner pasó nueve temporadas con los Dodgers y dejó una huella que va mucho más allá de los números, los Juegos de las Estrellas o el campeonato de 2020. Su fundación, activa en California, ha apoyado a niños con cáncer y a sus familias. Freddy, uno de los aficionados que hizo el viaje de Los Ángeles a Tijuana, lo resumió sin rodeos: ‘Él ayuda mucho a los niños con cáncer. Es algo que nos toca el corazón, ya que hemos pasado por eso y sabemos el apoyo que alguien famoso como él da a las familias’.
A los 41 años, Justin Turner podría haberse retirado en silencio. En cambio, eligió la Liga Mexicana de Béisbol, cruzó la frontera en sentido inverso al que suelen cruzarla los peloteros latinos —de México a las grandes ligas— y se convirtió en figura de la afición binacional que define a esta región. El béisbol tiene esa capacidad: hacer que 500 personas manejen horas, esperen en una garita y entren cantando a un estadio en Tijuana por un jugador que, técnicamente, ya no tiene nada que demostrar.


