La Noche más Triste de Fenway Park

La Noche más Triste de Fenway Park

La Noche más Triste de Fenway Park

Cuando Sebastián llegó a Boston en febrero de 1983, pensó que su único propósito allí era aprovechar al máximo sus estudios universitarios. Hacía poco había logrado el título de Técnico Superior en Química Aplicada en el Instituto Universitario Tecnológico de Cumaná. Los Medias Rojas de Boston y todos los juegos que había escuchado en el radio de onda corta de su padre vinieron a su mente, el beisbol ya no era tan interesante como hacía 16 años. Luego de comprar algunas ropas de invierno para sobrevivir el frío de febrero, caminó por las calles de Boston.

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  •    Llegó al edificio John Hancock y subió en el ascensor hasta el último piso. Miro la ciudad desde un  telescopio y enfocó un campo de beisbol bajo la nieve. “¿Era eso Fenway Park?” Entre las muchas memorias que llegaron a su mente, hubo una que lo impactó más. Tenía que ver con el juego del 18 de agosto de 1967, él lo había escuchado en el techo de su casa para sintonizar mejor la emisora en el radio de onda corta. Sintió escalofríos.

       El día siguiente, Sebastián caminó por Boylston Street hasta llegar a Kenmore Square. Desde ahí vio las torres de alumbrado del estadio y empezó a preguntar a los transeúntes por Fenway Park. Se confundió con la entrada del estadio. Parecía la fachada de un almacen. Sebastián preguntó de nuevo por Fenway Park y un hombre de mediana edad le dijo que la entrada del estadio estaba justo frente a él. De pronto sintió la oscuridad y la tensión de aquella noche de agosto de 1967. Podía escuchar la profundidad del silencio, el llanto en las tribunas. El tipo templó la mano derecha de Sebastián- “Epa señor, ¿está usted bien?”

        Sebastián jugó con la idea de preguntarle al tipo acerca de aquella noche de agosto de 1967. Sintió una tensión en la garganta mientras cerraba la boca y rechinaba los dientes. Seguía recordando aquella pelota lanzada por Jack Hamilton que había golpeado a Tony Conigliaro justo debajo de su ojo izquierdo, como este yacía en el suelo y su compañero de equipo, Rico Petrocelli se arrodilló para tratar de reanimarlo.

       A medida que se sucedieron los días de marzo y empezó a acercarse la temporada de beisbol, Sebastián siguió yendo con frecuencia a las calles aledañas a Fenway Park. Un día entró a una tienda de beisbol. Cuando el dueño notó la propiedad con la cual Sebastián examinaba las barajitas de beisbol, afiches y revista de la década de 1960, preguntó si Sebastián buscaba algo en particular. No pudo evitar preguntarle por el 18 de agosto de 1967. El hombre inclinó el rostro y desapareció detrás del mostrador. Sebastián empezó a dirigirse hacia la salida, pero el hombre lo siguió casi gritando. “Señor, por favor, espere un segundo…” Tenía un boleto doblado y amarillento en la mano derecha. “Yo estaba ahí esa noche. Todo estuvo bien hasta ese cuarto inning. El petardo que estalló en la tribuna del jardín izquierdo, la nube gris sobre el campo. Ahora eso me parece un mal preludio para lo que ocurriría”.

        El hombre frotó su mentón y tragó. Le dio la espalda a Sebastián por un momento. Sacó un pañuelo del bolsillo trasero de su pantalón de caqui. Con los ojos enrojecidos, habló con una voz quebrada. “Ese cuarto inning, Fenway Park parecía una verdadera catedral, y no debido a sus grandes espacios verdes y tribunas como otros estadio de MLB, sino por su silencio, su pena, su dolor telúrico que drenaba en los rostros de cada uno de los presentes en la multitud. Nadie podía creer lo que estaba ocurriendo”.

         “Cuando sacaron a Tony C del terreno en camilla, las personas permanecieron mudas; los niños les preguntaban a sus padres cuando volvería a jugar Tony, pero estos seguían sin palabras, paralizados, solo ladeando sus cabezas. No recuerdo otro día tan oscuro en Fenway Park. Cuando el juego se reanudó, la cara de Jack Hamilton parecía una página en blanco, sin mejillas, sin ojos, sin líneas de expresión. En medio del silencio, las miradas de la multitud mostraban nítidamente lo que pensaban de Hamilton”.

         Aunque Sebastián trató de hablar, el dueño de la tienda se mantuvo silencioso. Estaba pálido, no podía respirar con regularidad. Murmuró algo como, “…me había prometido no volver a hablar de ese tema…y aquí estoy enredado con esto otra vez…”

        Sebastián se dijo que tenía que investigar entre las personas de los alrededores de Fenway. Estaba seguro de que había muchas historias desconocidas en el area.

        Una de las noches previas a la temporada de MLB de 1983, él fue a una taberna a dos o tres cuadras de Fenway Park. Por supuesto había conversaciones de las oportunidades de los Medias Rojas de ir a la postemporada, de Jim Rice, Dewey Evans, el recién llegado Tony Armas, John Tudor, Rich Gedman, Bruce Hurst, Bob Ojeda y todo el equipo de 1983. Sebastián se sentó al final de la barra. Allí intercambió algunas palabras en su inglés defectuoso con una rubia de mediana edad quien había ordenado un Bloody Mary. A medida que se sucedieron los tragos, él empezó a perder el miedo de no hablar un inglés fluido y se sorprendió cuando le preguntó a la mujer se ella había seguido al equipo del Suelo Imposible en 1967.

         Al principio, la rubia cerró los ojos, luego se disculpó, fue al baño. Sebastián temía haber dicho algo indebido y se preparaba para abandonar el local. El sonido de los tacones resonó a través de la música. “Espere un minuto. Ese fue un verano maravilloso, pero tuvo un día terrible…el 18 de agosto”.

        Ella tosió dos veces y saboreó unos maníes. Sus ojos azules parecían a punto de derramarse. Sus labios parecían tan rígidos que Sebastián se preguntaba desde donde venía la voz de ella. Hablaba como si hubiera estado corriendo un maratón. Sebastián apenas podía entender sus palabras debido a la respiración entrecortada. “Me gustaba el beisbol pero no era una seguidora diaria del juego. Estaba más interesada en la música pop-rock: Los Beatles, Young Rascals, Beach Boys. No recuerdo porqué fui al estadio…tal vez porque los Medias Rojas tenían una temporada sorprendente…Por la razón que haya sido, decidí ir a Fenway Park esa noche de viernes. No había estado allí desde que mi padre me llevó a ver el juego final de Ted Williams en 1960. Mis amigos compraron boletos para los asientos detrás del plato. Recuerdo haberme sentido muy mal cuando aquella pelota golpeó a Tony C en el rostro. Vi sus piernas estirarse mientras el caía al suelo. Aquello era como un terremoto. Me culpé. No había ido a Fenway Park en siete años, y cuando regreso, ocurre eso. Pensé que Tony C estaba muerto. No sabía si llorar o irme a casa…”

       Le dio dos palmadas en el hombro izquierdo a la mujer y la invitó al juego inaugural en Fenway Park. Ella cerró los ojos y respiró profundamente. “No he ido a Fenway desde ese 18 de agosto de 1967. No creo que pueda regresar allí. Si no volví en 1970 cuando Tony C tuvo aquella temporada fantástica de 36 jonrones y 116 careras empujadas, ni en 1975 cuando los Medias rojas tenían aquel equipo grandioso liderado por Fred Lynn, Jim Rice, Dewey Evans, Carlton Fisk, Bernie Carbo, Luis Tiant, Bill Lee, etc., ¿por qué debería regresar ahora, en 1983, cuando los Medias Rojas son solo un equipo del montón en la Liga Americana?”

       Alfonso L. Tusa C. publicado en inglés en un sitio de Facebook llamado: Retire Tony C’s # 25!! el 07-14-2017.

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