Paolo Rossi Versus el Monstruo Brasileño

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Paolo rossi versus el monstruo brasileño
Paolo Rossi Versus el Monstruo Brasileño

Desde aquel mediodía doloroso de junio de 1970 cuando aquel equipo fantasmagórico del Brasil de Pelé, Tostao, Gerson, Jairzinho, Rivelino, le pasó por encima a un equipo italiano que venía de una semifinal inolvidable ante los alemanes occidentales, había guardado la esperanza de que llegaría el día cuando se cambiarían los papeles. Si había sentido alguna empatía por la oncena verde-amarilla, la misma quedo borrada bajo los gritos burlones y la algazara desmedida de mis tíos maternos, cuando empezó la goleada en el segundo tiempo. Nunca te había visto llorar, pero tus ojos mostraban un bermejo colmado de escarlata cuando te levantaste de tu asiento, y en medio del aguacero más intenso saliste de la casa de mis abuelos, abriste la puerta del Plymouth Century negro y salimos directo hacia Cumanacoa. En el radio del carro, el narrador comentaba que faltando cinco minutos para el final del juego, entraba a jugar Gianni Rivera. Te oi mascullar varias palabras en italiano reclamándole al técnico.

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  Cuando este jueves 10 de diciembre de 2020 me enteré a través de las redes sociales del fallecimiento de Paolo Rossi, te vi resignado después de la derrota italiana ante Holanda en el mundial de 1978, reconociste que aquellos tres triunfos de la primera ronda solo fueron un espejismo. Sin atreverme a contradecirte, dije para mis adentros que, había que esperar, que tener algo de paciencia. De todas formas, sabía que tenías mucho de razón cuando decías que la oncena italiana estaba a años luz de acercarse siquiera a igualar un juego contra Brasil. Ciertamente no recuerdo una sola victoria desde aquella aciaga tarde de 1970 hasta ese 1978, si hubo alguna fue en algún partido amistoso que no recuerdo.

   Luego te fuiste en junio de 1979, y entre el laberinto de expectativas que quedaron pendientes, las infinitas conversaciones postergadas que tanto he extrañado, las caminatas que acordamos hacia los cañaverales de Cumanacoa, nada de carro, nada de bicicleta, vamos a ir a pie; estaba aquel juego imaginario, un sueño del que seguramente te hubieses reído, porque más allá de la victoria, lo que imaginaba era que la squadra azzurra vencía a la verde-amarilla en un juego crucial de un mundial. Aquello quedó como algo muy íntimo, un papel suelto en el baúl de los sueños, que más de una vez me hizo despertar sobresaltado con algún comentario sarcástico tuyo: “¡Vamos hijo, no seas iluso, esas son solo elucubraciones, fantasías infantiles, ganas tuyas de estrellarte la cabeza contra la pared, buscando una revancha tonta!” Pero aquel sueño seguía rondando cada tantas noches y te veía respirando profundo y con las manos abiertas en el más puro gesto italiano.

   Entonces llegó aquel mundial de España 1982, y entendí tu resignación con el equipo italiano cuando jugaron una primera ronda horrenda. Cuando anunciaron el grupo de la muerte de Brasil, Argentina e Italia, me pareció escucharte decir, “¡No hay vida hijo, esos equipos están en mejor momento!” Aun cuando el triunfo 2-1 sobre la Argentina de Kempes y Maradona, resultaba un presagio, una señal, una clarinada; esa madrugada me despertaste con varios templones en la almohada para decirme que no me ilusionara, que Zico, Sócrates, Falcao, Toninho Cerezzo y compañía eran tan fenomenales como los del equipo de 1970. Te sostuve la mirada por más de dos minutos en la transparencia del amanecer.

   Aquel día fue 5 de julio, la hora del juego coincidió con el desfile militar por la conmemoración de la Independencia, todas las emisoras de radio y tv transmitían los actos de la efemérides, o casi todas. Ese mediodía me entretenía con un videojuego en el televisor, cuando mamá llegó y me dijo que prendiera el radio, que Italia le estaba ganando a Brasil 3-2 y faltaban pocos minutos. En ese momento te ví sentado a mi lado en el sofá metálico del porche, tu mirada desvariada entre la fiesta y la incredulidad. En cuanto terminó el desfile militar, transmitieron aquel juego que tanto había esperado, que tanto había soñado. La tarde del héroe inesperado, del que fue convocado a última hora más por terquedad de Enzo Bearzot, de Paolo Rossi, del Pablito que se convirtió en el David resiliente ante el Goliath inmenso. Luego del primer timbrazo en un saque de esquina, vino aquel gol de antología de Sócrates en un ángulo imposible entre el palo y la pierna de Dino Zoff. Después del bombazo al tomar una mala entrega de Junior, llegó aquel misil de Falcao desde la media luna que casi perfora la malla. Entonces cuando parecía que no había más fuerzas te vi gritar desmesuradamente aquel tercer gol, aquella carrera vertiginosa que desplegaba las aristas más espontaneas de la heroicidad, Paolo Rossi se había encargado de hacer realidad aquel sueño que tanto habías descartado y que ahora te veía celebrar aunque no te podía oír.

Alfonso L. Tusa C.

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