Mientras el beisbol celebra el Día de Jackie Robinson, una mirada a como su firma llevó al desmantelamiento de las ligas negras, con solo un dueño de MLB hablando de los derechos de ellos.
Andrea Wiliiams. The New York Times. 14 de abril de 2021.
Este jueves 15 de abril, cada pelotero de grandes ligas usara una camiseta con el número 42 en honor al Día de Jackie Robinson. El evento anual, celebrado oficialmente desde 2004, marca el aniversario del debut de Robinson en las ligas mayores en 1947, lo cual rompió la barrera racial del beisbol que se extendía hasta el siglo 19.
La firma de Robinson, un momento de línea divisoria en el deporte, fue mucho más complicada de lo que ha sido descrita por años. El movimiento de Robinson, y cada otra estrella, hacia las ligas Nacional y Americana contribuyó al progresivo declive de las establecidas por mucho tiempo ligas negras. Y a poco tiempo de que MLB oficialmente reconociera a las ligas negras como equivalentes a las mayores, es importante mirar hacia como esto pudo haberse desarrollado de manera diferente.
En las semanas y meses posteriores al anuncio de la firma de Robinson por Branch Rickey y los Dodgers de Brooklyn el 23 de octubre de 1945, lo cual ocurrió sin compensación para los Monarchs de Kansas City, los ejecutivos de las ligas negras estaban tambaleándose. Fuera de las puertas de sus oficinas en las comunidades negras de Kansas City, Newark, Pittsburgh, otros sitios, había júbilo, una celebración colectiva por la prueba aparente de progreso racial. Dentro, sin embargo, había rabia y preocupación porque una joven estrella había sido tomada de sus ligas y lo que eso podía significar para su futuro.
El discurso de la integración no era nuevo. El redoble público de resistencia a la barrera racial del beisbol empezó en los años 1930s, y había sido mantenido con firmeza por los reporteros negros (Wendell Smith, Sam Lacy, et al.) y blancos (Lester Rodney). Pero fue la segunda guerra mundial la que convirtió ese ruido en ensordecedor, muchos negros servían a su país pero seguían siendo despreciados por las ligas mayores blancas.
Los equipos de las ligas negras oyeron eso también. Estaban conscientes de las prácticas de prueba que hacían las ligas mayores, con muchos de sus peloteros y el clamor de muchos de esos peloteros para que le diesen una buena oportunidad. En general, sin embargo, pudieron haber subestimado el poder de los engranajes que funcionaban detrás de las escenas, la máquina de integración que derribaría la industria.
De manera que, los dueños de las ligas negras, incluyendo a Thomas Baird y JL Wilkinson de los Monarchs, supieron de las firmas de sus peloteros como el resto del mundo: mediantes emisiones radiofónicas sin aliento y grandes titulares en los periódicos. No había habido negociaciones con Rickey; años después, Baird recalcaría que el dueño de los Dodgers nunca respondió las cartas que le escribió para discutir el asunto.
Aún así no podía haber recurso. En nombre del progreso, no habría demandas o condenas para las tácticas de Rickey. Juntos, los dueños de las ligas negras acordaron aceptar la jugada con la esperanza de que las transacciones futuras fuesen más favorables.
Ellos no lo sabían entonces, pero Rickey no tenía planes de dejar eso hasta ahí.
Semanas antes de la noticia de la firma de Robinson, un ejecutivo de los Dodgers le preguntó a Effa Manley, dueña y gerente de negocios de los Eagles de Newark , y eventualmente la primera mujer con un nicho en el Salón de la Fama, si estaba interesada en efectuar un juego de exhibición entre su equipo y el club de Brooklyn. Al percibir la oportunidad de comprobar que el beisbol negro estaba al mismo nivel que las Ligas Nacional y Americana, Manley fue más allá. Un simple juego se convirtió en una serie de cinco desafíos, el encuentro entre los Dodgers y los Eagles se convirtió en un enfrentamiento entre dos alineaciones de puras estrellas, cargadas con peloteros de varios equipos.
La selección de Manley no ganó ni un juego, pero Rickey estuvo complacido con la demostración. En los primeros meses de 1946, cuatro miembros del equipo negro todos estrellas de Manley fueron firmados por la organización de los Dodgers, incluyendo a Don Newcombe de los Eagles de Manley. Solo los Stars de Filadelfia, hogar del pitcher Roy Partlow, recibieron alguna compensación, y esa fue de solo 1.000 $.
En carta dirigida a Seward Posey, gerente de negocios de los Grays de Homestead, el 8 de abril de 1946, Manley escribió que ella y los otros dueños lucían “muy estúpidos al sentarse tensos y no abrir la boca ante lo que ocurría”.
Pero el problema no era que nadie había hablado a favor de los dueños. Alguien lo había hecho, solo que era la persona equivocada.
“Si los Dodgers de Brooklyn quieren a Robinson, campo corto estrella de los Monarchs de Kansas City de las ligas negras, deberían pagar por él”, le dijo Clark Griffith, el dueño de los Senadores de Washington a The Associated Press solo un día después que la firma de Robinson fue anunciada. “Aunque es verdad que no tenemos ningún acuerdo con las ligas negras, tanto la Liga Nacional como la Americana, no podemos actuar al margen de la ley al tomar sus estrellas. No tenemos derecho a destruirlos”.
Rickey reclamó que las ligas negras eran ilegítimas y “en la zona de una raqueta”. También le respondió directamente a su colega dueño; “Clark Griffith, al contrario, no he firmado un pelotero de lo que considero una liga organizada”.
Si alguien más del beisbol de grandes ligas hubiera llamado la atención de Rickey, la historia pudo haberse desplegado de manera distinta. Quizás Newcombe y Partlow no hubiesen sido firmados sin una recompensa apropiada para sus equipos; tal vez habría habido espacio en las mayores para los managers y ejecutivos negros junto a los peloteros iluminados débilmente por “el llamado”. Pero fue Griffith quien hizo la observación, y sus palabras fueron irreparablemente conectadas a su pasado.
Más allá de las temporadas competitivas de 1943 y 1945, los Senadores de Griffith fueron habitantes perennes del sótano de la Liga Americana desde mediados de los ‘30s hasta mediados de los ‘40s, y así como iba la actuación del equipo, también iba la asistencia. A pesar de no contar con inversiones externas, Griffith se mantuvo a flote financieramente mediante el alquiler de Griffith Stadium al equipo de Washington de la NFL (Liga Nacional de Futbol Americano), y más notablemente a los Grays de Homestead de las ligas negras.
Para los dueños de equipo de las ligas negras, alquilar estadios era un gasto común; para los dueños de los equipos blancos los ingresos eran razón más que suficiente para “apoyar” al beisbol negro. En una comunicación de septiembre de 1945 dirigida al alcalde Fiorello La Guardia de la ciudad de Nueva York, escrita en respuesta a una investigación a Major League Baseball adelantada por el Committe on Unity de La Guardia, Larry MacPhail, presidente y gerente general de los Yankees, dejó clara su posición: “El beisbol organizado obtiene ingresos sustanciales por el funcionamiento de las ligas negras y quiere que esas ligas continúen y prosperen”. Y agregó: “Solo la organización de los Yankees, recibe casi 100.000 $ anuales de los alquileres y concesiones relacionadas con los juegos de las ligas negras”.
No fue solo la apuesta financiera de Griffith en la continuación del beisbol negro lo que causó algo de cuestionamiento a su llamado de atención a Rickey. Para MacPhail, quien había ido solo tan lejos como la costa oeste a buscar talento nuevo, Griffith se había convertido en reclutador regular de peloteros latinos (su nómina de 1944 tenía nueve peloteros cubanos y otro, Alex Carrasquel, procedente de Venezuela), aunque se resistía a firmar un solo negro estadounidense.
“Griffith es uno de los dueños de las grandes ligas que prefiere ir fuera de las fronteras de Estados Unidos para traer peloteros, antes que emplear ciudadanos estadounidenses de color”, escribió Wendell Smith en una columna de The Pittsburgh Courier el 26 de mayo de 1945. “Viaja miles y miles de millas en busca de peloteros, cuando podría firmar un pelotero negro en diez minutos”.
Para Smith y otros, el conflicto de interés de Griffith era considerado mucho más egregio que el de Rickey. Había pasado una década desde que Griffith le dijo a Sam Lacy que la integración acabaría con las ligas negras y dejaría sin trabajo a centenares de negros, pero aun entonces el comentario de Griffith fue visto como una justificación a su tendencia a discriminar a los negros. Luego, durante una época de esperanza y reflexión, sus palabras fueron despreciadas de nuevo.
“En lo que a mi respecta, lo que sea que Griffith diga, bueno o malo, acerca del beisbol negro o los beisbolistas negros, me entra por un oído y me sale por el otro”, escribió Smith. “Ningún individuo que niegue oportunidades a los ciudadanos del país en el que vive merece ser escuchado”.
Pero los dueños de los equipos de las ligas negras, al tener poca fe en que toda una industria no sería sacrificada injustamente por un puñado de monedas provenientes de las firmas y la inequidad de las generaciones futuras, estaban escuchando. No tenían razón para no hacerlo.
“Sus dos ligas han establecido una reputación espléndida y ahora tienen el apoyo y respeto de las personas de color en todo el país así como de las personas blancas decentes”, escribió Griffith al dueño de los Grays de Homestead, Cum Posey el 5 de noviembre de 1945. “Ellas no han pirateado contra el beisbol organizado ni le han robado nada, y el beisbol organizado no tiene el derecho moral de quitarles nada sin su consentimiento”.
“Mr. Posey, vale la pena pelear por cualquier cosa que lo merezca, así que ustedes no deberían dejar de hacer los movimientos necesarios para proteger la existencia de sus dos ligas negras establecidas. No dejen que nadie las destroce”.
Andrea Williams es la autora de “Baseball’s Leading Lady: Effa Manley and the Rise and Fall of the Negro Leagues”.
Traducción: Alfonso L. Tusa C. 16 de abril de 2021.
