Un escalofrío ardiente fluyó en la espalda de Paco. Sintió algo parecido a una descarga de mil voltios demoliendo sus huesos. A menudo tenía diferencias muy intensas con Roberta, pero esta era distinta. Por supuesto que sabía que la situación económica del país podía propiciar eventos impensables, pero esto marcó el rostro de Paco con una mancha rojiza. “Vamos Roberta, nunca se cambia el guante de beisbol que el padre le dio al hijo como reliquia de familia, por una nevera. Si, ya sé que precio de una nevera subió tanto que está fuera de nuestras posibilidades financieras, y que tal vez no tendremos otra oportunidad de conseguir una nevera ¿Pero te has imaginado por un momento como reaccionaría Miguelín ante eso?”.

Roberta cerró los ojos y respiró profundamente. Quería dar una respuesta contundente, con una voz suave, hasta con alguna muestra de sonrisa. “Sí, sé como se sentiría, y también sé que necesitamos esa nevera porque si no, seguiremos sin poder comprar suficiente comida perecedera para economizar costos”.

Paco enmudeció. Ignoraba que hacer o decir. La imagen de aquella mañana cuando Miguel abrió la puerta de la calle y lo llamó, permanecía nítida en su memoria. No podía creer lo que Miguel estaba sacando de la caja. “¡Un guante de beisbol! ¡Un guante de beisbol de tercera base! ¿Estás seguro de que esto es para mí, papa?” Paco no se estaba comportando bien en la escuela recientemente y Martina había amenazado con prohibirle salir a jugar afuera. Luego de una breve discusión, Miguel le prometió a Martina que si Paco no mejoraba sus notas le quitaría el guante y lo devolvería a la tienda. Lo que más había impresionado a Paco era la firma que dominaba el centro del guante. Si, Brooks Robinson el gran antesalista, la aspiradora humana, el que ganara la Serie Mundial de 1970 para los Orioles de Baltimore. No importara que aquella no fuese una firma genuina, al menos había sido reproducida de la original y eso era invalorable para un niño de 10 años de edad. Desde ese día Paco estudiaba cada día al regresar de la escuela.

Aunque Roberta estaba determinada a cambiar el guante por la nevera, cuando llegó el momento de hablar con Miguelín, no sabía que hacer. Le pidió consejos a Paco. Pero no era fácil. Había mucho valor sentimental ligado a ese guante.

El muchacho no dijo una palabra cuando Roberta dijo que iba a cambiar el guante por una nevera. Él bajó la cabeza y salió de la cocina. Roberta trató de explicarle que ella entendía lo que ese guante significaba para él  y su padre, pero él tenía que entender que estaban viviendo tiempos muy difíciles. No tenían nevera y la poca comida que conseguían  se podía descomponer si no la refrigeraban. Miguelín hizo una seña de aprobación con el rostro pero igual se fue a su habitación y permaneció aislado por el resto de la tarde.

A las siete de la noche, Paco entró a la habitación de Miguelín. Preguntó por el guante y Miguelín permaneció callado. Entonces Paco recordó el momento cuando le dijo a Miguel que quería tener la firma verdadera de  Brooks Robinson en el guante. Miguel le dijo que eso iba a ser una tarea muy difícil pero lo intentaría. Escribió a la sección de cartas de la revista Sport Gráfico.

La edición de Sport Gráfico de la semana siguiente le respondió a Paco: “Estimado Señor Miguel, podemos intentar preguntarle al Señor Luis Aparicio si puede conseguir que Mr. Brooks Robinson  firme ese guante, pero no podemos prometerle que la respuesta sería afirmativa. Tan pronto como tengamos la respuesta del Señor Aparicio se la haremos saber”.

Paco se entristeció mucho. Miguel le dijo que no fuera pesimista, él estaba seguro de que Luis Aparicio iba a hablar con su amigo Brooks Robinson.

Dos semanas después llegó una carta de la revista Sport Gráfico: “Estimado Sr. Miguel. El Señor Aparicio aceptó hablar con Mr. Robinson para solicitarle la firma. Por favor envíenos el guante por correo y se lo enviaremos al Sr. Aparicio”. Paco se preocupó porque pensó que el guante se podía extraviar o ser cambiado por otro. Cuando Miguel dijo que ese era un riesgo que había que correr, y que esa oportunidad no se presentaba todos los días, Paco le dio el guante y esa tarde fueron a la oficina de correos e hicieron el envío.

El director de la revista llamó a Miguel y le dijo que tenía el guante firmado por Brooks Robinson y Luis Aparicio, pero quería pedirle un favor. Aparicio quería conocer al niño dueño del guante, así que programaron una ceremonia previa al primer juego que él jugara en la próxima temporada venezolana de beisbol, para entregarle el guante a Paco.

Paco no pudo dormir bien los próximos dos meses hasta el inicio de la liga venezolana de béisbol profesional. Cada noche soñaba que él era el segunda base de los Orioles de Baltimore donde Aparicio era el campocorto y Brooks Robinson el tercera base. Cada mañana Miguel tenía que llamarle la atención para que dejara de hablar porque iba a perder la clase.

La noche de la ceremonia Paco no podía hablar. Todo lo que hacía era asentir con la barbilla. El momento más grande la noche ocurrió cuando Aparicio jugó con él alrededor de la segunda base, y hasta simularon un dobleplay. Aparicio hizo algunas sugerencias acerca de cómo tenía que atrapar la pelota mientras llegaba a la base o donde debía lanzar la pelota cuando estaba en el jardín derecho corto en cualquier lugar cercano a la primera base.

 Cuando la ceremonia terminó, Miguel miró a Paco con aquella mirada penetrante que mostraba que estaba haciendo algo mal. Entonces Paco habló con Luis Aparicio: “Muchas gracias Sr. Aparicio, nunca olvidaré todo lo que ha hecho. De verdad disfruté jugar con usted como su compañero de dobleplays…”

“Si no quieres, no tienes que entregar tu guante”. Paco se sentó en la cama y miró a los ojos a Miguelín.

Miguelin se levantó y fue a la ventana. “Sé que esta es una situación muy difícil. Tal vez esta sea nuestra última oportunidad de tener una nevera. De la manera como avanza esta crisis económica, tal vez mañana no seremos capaces de conseguir la nevera ni siquiera cambiándola por el guante”.

Mientras Paco veía las lágrimas rodar en las mejillas de Miguelin, fue inevitable imaginar aquella noche en el estadio Universitario cuando conoció a Dámaso Blanco, su pelotero favorito. Miguelín le preguntó a Dámaso como hacía para jugar tan cerca del plato cuando había la probabilidad de que el bateador tocara la pelota pero al mismo tiempo el manager podía cambiar la seña para batear fuerte. “¿Cómo haces para ajustarte tan rápidamente” Dámaso se paralizó, no esperaba esa pregunta de un niño de 10 años de edad. Después de algunos segundos en silencio, dijo: “Bueno, se trata de tener reflejos, de practicar y conocer cada vez más al juego y a tus rivales”. Luego preguntó como Dámaso podía saltar sobre la raya de cal hacia detrás de tercera base y capturar linietazos que parecían dobletes o triples. Dámaso sonrió y miró hacia lo profundo del jardín central. “Antes de cada envío del pitcher tienes que prepararte para lo peor, lo cual puede ser una línea directa a tu rostro, un roletazo enyoyado, o un linietazo invisible sobre la raya de cal, así que cuando el bateador viene y conecta la pelota, tienes que hacer lo que planeaste en tu mente”. Miguelín miraba las manos de Dámaso mientras este las movía en su explicación, hizo otra pregunta y Dámaso quedó muy impresionado.

“Vamos Miguelin yo estaba por lo menos dos escalones por debajo de Brooks Robinson y Luis Aparicio para estar en el mismo guante con ellos”. Mientras Miguelín empezó a dar sus razones del porqué Dámaso era tan buen tercera base como Robinson y tan buen campocorto como Aparicio, Paco le hizo algunas señas, el juego iba a empezar y Dámaso tenía que regresar a la cabina de transmisión radiofónica. Miguelín hundió el rostro en su pecho y caminó hacia Paco.

Alrededor del sexto inning, Dámaso llegó desde el palco de prensa y le dijo a Miguelín que le llevara el guante en el próximo juego que fuese al estadio Universitario. Paco hubo de tomar a Miguelin por los hombros y controlarlo hasta sentarlo. “¡Viste papá? ¡Dámaso Blanco me va a firmar el guante, mi tercera base favorito me va a firmar el guante!”

La mañana siguiente Miguelín encontró a Roberta muy triste en la cocina. Los ratones se habían comido los muslos de pollo que había dejado en el mesón. “Esos animales son muy astutos, de nada valió que metiera los muslos en agua”. Miguelín casi dejó de respirar. Había escuchado muchas conversaciones de sus padres donde Paco decía que su salario ni siquiera alcanzaba para comprar un pan. Tenía que buscar trabajos a destajo, o recurrir al auxilio de algunos de sus amigos que trabajaban fuera del país para tratar de sobrevivir. Pero cada vez la situación económica era peor, hasta el punto de que la inflación llegó hasta mucho más de un millón por ciento. Los trabajos a destajo cada vez eran más difíciles de encontrar y Paco no podía estar molestando a sus amigos a cada momento.

Miguelín corrió hacia su habitación y sacó el guante de abajo del colchón. Dos lágrimas aterrizaron en la malla del guante. No podía evitar recordar la mañana cuando Paco abrió la puerta de la habitación y le dijo que tenía una sorpresa. Miguelín se preocupó un poco porque a veces esas sorpresas significaban que tenía que estudiar matemática por una hora seguida o podar la grama del jardín. Esta vez, Paco se sentó en la cama y le dijo que le iba a entregar el testigo que había recibido de Miguel. Miguelín pensó en un reloj o una brújula. Casi se cayó de la cama cuando vio aquel gran guante marrón oscuro que Paco sacó de la espalda. “¿Estás seguro de que ahora esto es mío? ¿El guante con las firmas de Brooks Robinson y Luis Aparicio es mío? Vamos papá, me debes estar echando broma. Miguelín empezó a creer que todo era verdad cuando Paco sacó un pedazo de papel amarillento del bolsillo de su camisa. Era la factura de compra del guante, escrita a mano. Había sido el regalo que Miguel le había obsequiado luego de aprobar el sexto grado de educación primaria.

Esa noche en el estadio, antes de firmar el guante, Dámaso Blanco le pidió a Miguelín que fuese su invitado en la antesala del juego para la transmisión radiofónica. En principio, Miguelin se asustó, nunca había hablado en la radio. Entonces Paco le dijo que debía darle algo a Dámaso en compensación. En un segundo, Miguelín entendió que no iba a perder la oportunidad de conseguir la firma de Dámaso para su guante, no todo el mundo tiene esa oportunidad. Así que se tragó sus miedos y empezó a responder las preguntas de Dámaso. Al final parecía que fuese Miguelín quien entrevistaba a Dámaso, así que este le dijo con una sonrisa: “Bien dejémoslo hasta aquí. Podría perder mi trabajo contigo”.

 La mañana que escuchó esa conversación en el centro, Miguelín no pensó más en eso y corrió a su habitación. Aquellos dos tipos hablaban del mismo tema que había escuchado en toda la ciudad, la moneda local se iba a devaluar cada vez más y más. Miguelín sabía que tal vez muy pronto sería imposible conseguir una nevera mediante un trueque por un guante de beisbol. Así que tomó el guante y lo entregó a Roberta. “¡Pero hijo, este guante tiene un gran valor sentimental para ti y tu papá!”

Miguelín puso el guante en la mano de Roberta. “Si, pero sé que necesitamos esa nevera para sobrevivir, para guardar la mitad de la comida de un día para el siguiente”.

Paco se paralizó al entrar en la cocina. No podía olvidar aquella tarde cuando vio a Miguelín desde el jabillo. Miguelín puso un pedazo de cartón en el medio del patio, se puso el guante y simuló jugar paralelo a tercera base, entonces vino hacia adelante y lanzó el cuerpo hacia atrás para capturar una línea detrás de tercera base.

Alfonso L. Tusa C. Publicada en The Hardball Times en inglés. Enero 2020.




 

 



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