Hasta antes de Fernando Valenzuela pocos sabían donde quedaba Etchohuaquila, muchos menos podían pronunciar su complicado nombre: la casa de el Toro era una de las pocas en medio del desierto y en uno de los puntos más aislados del resto del país.

La llegada de Valenzuela a las Grandes Ligas, con esa memorable temporada de 1981 donde firmó récord de 13-7 y ganó el Cy-Young y premio a Novato del Año (único pelotero en haberlo logrado hasta hoy), se apoderó de México y las Grandes Ligas como una fiebre.

El rostro del Toro se multiplicaba en todo tipo de productos y anuncios, de playeras a shampoos, pasando por refrescos o cervezas.

Valenzuela estaba en todos lados por que triunfaba en Grandes Ligas. Entre 1981 y 1986 ningún pitcher fue más dominante que el toro mexicano. Y eso hasta era un especie de consuelo para muchos millones de México en medio de una grave crisis financieras de las que periódicamente destruyen la economía mexicana.

México nunca ha tenido muchos deportistas. Hay que decirlo, no somos un pueblo de atletas. Nos gusta el box y el béisbol, el frontón y el fútbol. Fernando Valenzuela es una anomalía en la historia mexicana. Sólo equiparable a Hugo Sánchez jugando en el Atlético y Real Madrid o al invencible Julio Cesar Chávez de los 90’s.

El 9 de abril de 1981, Valenzuela abrió su primer Opening Day con los Dodgers y cambiaría la historia del deporte mexicano y de las Grandes Ligas. Ese día empezaría la Fernandomanía, el capítulo más nacionalista y lleno de magia en la historia del béisbol mexicano.

 



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