Los periodistas deportivos y los seguidores del juego de las nuevas generaciones son enfáticos al afirmar que el mejor pelotero venezolano de todos los tiempos es Miguel Cabrera, entonces reverdece la reflexión de que las comparaciones  entre peloteros de distintas épocas son odiosas e injustas, principalmente porque las condiciones, la realidad que afrontó cada cual en su momento fueron muy distintas. Pareciera que el morbo del mero ejercicio especulativo tiene más valor que la explicación e internalización de porque esos paralelismos carecen de validez, congruencia y coherencia. En este caso se estaría ignorando a dos peloteros, tanto o más excelsos que Cabrera, cada uno en su época: Vidal López y Victor Davalillo, quienes además de brillar como jardineros también fueron pitchers de alto calibre en LVBP y otras ligas. López lanzó dos juegos sin hits ni carreras en la etapa previa a LVBP, Davalillo tuvo una temporada 1961-62 monstruosa desde el montículo y con el madero.

     Victor Davalillo y Cesar Tovar siempre estuvieron entre mis peloteros favoritos aunque no pertenecieran al equipo de mis simpatías en la LVBP. Todo lo que hacían desde los dos primeros turnos de la alineación caraquista, además de su juego elegante y solvente en los jardines siempre ocasionaba grandes exclamaciones en todos los narradores radiofónicos y lamentos en los aficionados de los equipos contrarios. Ese par era tan esencial para los Leones del Caracas que en la época cuando los equipos se trasladaban en carros por puesto hacia el interior del país, el dueño de ese equipo siempre los ubicaba en vehículos distintos, para evitar prescindir de ambos en caso de algún inconveniente. Cuando empezaba la temporada de grandes ligas, todos los días revisaba la página deportiva de los diarios para ver que habían hecho Tovar y Davalillo. Lamenté mucho cuando un lanzamiento del pitcher Hank Aguirre le fracturó el brazo derecho a Davalillo, aunque ciertos entendidos de las ligas mayores dicen que después de eso no fue el mismo pelotero, eso es muy relativo o discutible, porque Davalillo se mantuvo en las mayores por varios años después de eso y cuando se pensaba que había terminado su periplo por la gran carpa, los Dodgers de Los Angeles lo fueron a buscar a la liga mexicana en 1977 y junto al dominicano Manuel Mota conformó un dueto de lujo de bateadores emergentes que  demostró su valía hasta en la postemporada de ese año.

     Aquella temporada de 1961-62 Davalillo jugó como jardinero y cada cuatro días subía a la lomita como lanzador abridor. Con el madero bateó para .406 en 138 turnos al plato, despachó 56 imparables, 10 dobles, 2 triples, 1 cuadrangular, 20 carreras empujadas y 18 anotadas. Desde el montículo tuvo marca de 10 ganados y 4 perdidos en 20 juegos, 6 de esos encuentros fueron completos, lanzó 117 innings y permitió  solo 109 imparables, le marcaron 32 carreras limpias, recetó 90 ponches, concedió 42 boletos y tuvo efectividad de 2.46. Al ver esos números es inevitable imaginar las jornadas de Babe Ruth con los Medias Rojas de Boston cuando se alternaba en el montículo y los jardines, en una Serie Mundial fue capaz de lanzar 14 innings en blanco luego de aceptar imparable del primer bateador del juego.

  Uno de los momentos más memorables de Davalillo en LVBP ocurrió en la serie final de la temporada 1972-73, entre Leones del Caracas y Águilas del Zulia. Los rapaces habían tomado como refuerzo al toletero Bob Darwin quien había implantado una marca de cuadrangulares para LVBP. El Caracas dominaba la serie tres juegos a uno, cuando las Águilas fueron a batear en la apertura del sexto inning con la pizarra igualada a dos anotaciones. Con corredores en primera y segunda vino a batear Darwin ante Luis Peñalver quien había relevado al abridor Eduardo Acosta, al tercer envío Darwin descargó un toletazo inmenso hacia las profundidades del jardín central que parecía internarse en las gradas. Davalillo corrió y corrió hasta afincar la mano izquierda en un tubo de la baranda y saltó por encima de la cerca para tomar de manera increíble y monumental la pelota. El narrador enmudeció por segundos, solo se escuchaba la algarabía de las tribunas, jugadas como esa se ven contadas veces en la vida. Si ese batazo hubiera sido jonrón las Águilas pasaban a ganar con margen de tres carreras y probablemente hubieran ganado el juego forzando el sexto desafío de esa final. Así de esencial era Davalillo para su equipo.

Alfonso L. Tusa C.




 

 



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